Los cambios, lo inesperado, el error nos turba, llegando a creer que hemos fracasado si las cosas no son como pretendíamos. Hemos aprendido que hay una forma de hacer las cosas: el modo correcto.

Eso propicia que todo lo que hacemos y pensamos se convierta en un acto mecánico, basado en patrones establecidos, adecuados y “normalizados”. Pero, a veces, un accidente, un error o un acto fruto de una supuesta locura convierte lo ordinario en extraordinario, ahí reside la genialidad… Déjate sorprender por lo no esperado…

Un ejemplo de ello es Raymond Carver, uno de los escritores más influyentes de los últimos cuarenta años. Algunos de los mejores son “De qué hablamos cuando hablamos de amor”; “Si me necesitas llámame” o “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?” Lo peculiar es que sus libros eran modificados con su consentimiento por el editor de su obra, Gordon Lish que los recortaba y censuraba a su entender. El resultado de esos recortes son unos textos concentrados, duros, dotados de esa desolación similar a los cuadros de Hooper. 

El publico adoraba a Carver, sin saber que gran parte de la sustancia de su estilo no era original de él, si no más bien a su “pesar” y que este error o distorsión de su propósito inicial, daría pie al nacimiento de una poderosa tendencia y estilo literario: el minimalismo sucio.

 

 

 

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